La tarde fría y lluviosa de hoy impera en Barcelona, hace, si cabe, aún más
agradable y cálida mi cita con Sonia. No he quedado con la brillante escritora,
ni con la valiente activista pro cambio climático, sino con mi amiga del alma, en
un café abierto a la Gran Avenida.

Llega sonriendo, agitando los brazos como diciendo: “Buen sitio, aquí
estaremos protegidas del bicho”…

He podido pillar esta mesa de milagro, a caballo entre el local y la ancha
acera.

Sonia toma asiento con esa mezcla de serenidad y socarronería que la
caracterizan:
─ ¡Hola guapa!… ya con ganitas de verte en persona… mucho whatsaap,
mucha video confe… pero nada como volver a verte esas pestañas…─ y suelta
una risa franca y sonora, como el confetti de colores, que templa de inmediato
la frialdad del ambiente.

─ Sonia, dime cómo has logrado saltarte el cierre aéreo desde Atenas… la
cosa pintaba mal. ¿Has venido volando en tu escoba mágica…?. Sonia giró
hacia atrás la cabeza, buscando un camarero.

─ Ja, ja, ja…algo de eso hay querida. Me ha costado llamar a unas cuántas
puertas para estar hoy aquí. Mañana operan a mamá de su válvula coronaria
defectuosa y hubiese venido a nado. Me he escapado del hospi para estar un
ratito contigo… a ver si alguien se digna a venir a servirnos; caray… ¡pues no
hay tanta gente!…Oye, y tú, estos meses aquí confinada… ¡Qué tiempos Irene!
Dónde demonios se han metido nuestros días de dorada despreocupación.
Aquellos días dónde lo más angustioso eran los exámenes o el chico de
turno…Bufff…dicho así suena cursi y antiguo… pero es la pura verdad.

Un camarero alto de mejillas hundidas y grandes ojos melancólicos, se
acerca por fin. Con gesto ausente limpia la superficie de la mesita con un spray
desinfectante, lo habitual en tiempos de pandemia y saca su libreta electrónica.
Se nos queda mirando con gesto de extrañeza. Le observo incluso un
rubor…no sé…

Al marcharse Sonia y yo nos quedamos en silencio:

─ Irene… ¿no estaba aquí el viejo Oliveri? la cafetería italiana donde veníamos
a merendar después de patinar con las amis. Nunca he vuelto a tomar unos
batidos tan ricos.

─ Cierto. Debía ser una esquina de esta calle. Hace tantos años que no lo
recuerdo exactamente. Ahora ya ves…una franquicia americana. Son todas
iguales, pero la he elegido por seguridad, por estar sentadas prácticamente al
exterior.

─ Juraría que este hombre es aquel muchacho que siempre nos recibía
sonriente detrás de la barra. ¡Era tan atractivo!.. buff menudo cambio…una
sombra, sólo una sombra de lo que fue.

Sonia se pone en pie y de forma descarada le busca con intención de descubrir
si había relación con nuestro pasado adolescente.

─ Querida, no tengo duda. ¡Es nuestro apuesto camarero! Supongo que la vida
no le ha resultado fácil. Eras su favorita, no te quitaba la vista de encima. Te
gastábamos bromitas no te acuerdas…

─ ¡Claro que me acuerdo! Al final ya no me apetecía venir… qué pesadas os
poníais. Tienes razón, Si es él es una sombra. Tan solo una sombra…

─ ¡Y qué quieres reina!…han pasado 40 añitos de nada. Creo que nos ha
reconocido. Bueno, al vernos seguro que ha pensado que tenía ante sus ojos a
un par de fantasmas del ayer. Tampoco somos aquellas lozanas valquirias,
hija… más bien somos un par de señoronas entraditas en años. Aún de buen
ver, eso sí, pero señoras al fin y al cabo…─Y le hace un gesto impaciente para
que nos sirvan los tés lo antes posible.

El aire fresco del Ensanche nos sacude el rostro y la memoria. Por fin nuestro
camarero se aproxima con la bandeja cargada con un par de humeantes tés de
canela bien caliente. Sigue teniendo las manos bonitas; dedos largos y finos
como de pianista. Sonia le pregunta a bocajarro cuánto tiempo lleva trabajando
en este café…

─ La cafetería es reciente señora… pero un servidor lleva la vida entera en
esta avenida.

Entonces, siento que de nuevo estamos en el alegre Oliveri de nuestra
juventud. La pandemia no existe y nosotras aun tenemos la vida por delante.

MARÍA CASTELLVÍ/ ENERO 2021