Los etruscos eran para los romanos los vecinos pobres del norte.

El romano, poco turista y amable con los extranjeros que venían a su patria, si por casualidad se aventuraba por alguna ciudad etrusca se quedaría pasmado y contemplaría con envidia las calles bien trazadas, el agua canalizada, albañales que sacaban fuera de la ciudad las porquerías y los malos olores y ya en el colmo del lujo, un conducto que llevaba el vino directamente del campo, a la ciudad, sin tener que transportarlo en toneles, ni cántaros, ni nada. En directo.

Me imagino la cara del romano que quiere comprar como regalo del viaje un vestido a su mujer, le presentan una túnica preciosa (nunca ha visto algo tan bonito, bordada, larga y algo transparente). ¡Qué novedad! Ella se volverá loca cuando la vea. Y la siguiente sorpresa cuando lo que le pide para pagar son monedas, que no tiene ni ha visto jamás. (Esta será una de las cosas que copien de ellos, igual que las togas que vestían los hombres)

¿Y qué dirían de sus mujeres? Por lo que cuentan eran guapas, divertidas y ligeras de costumbres. Acostumbrados a que en Roma todo lo manejaban los hombres, (aunque detrás hubiese una mujer) se quedarían sorprendidos al ver que las etruscas no solo compartían la cama con los hombres, sino que participaban opinando, dando consejos y enterándose de todo lo que les interesaba, igual negocios que política, que matemáticas, etc… En Roma a las mujeres de “vida alegre” llegaron a llamarlas “etruscas”.

Etruria, en realidad no era un Estado, sino la unión de 12 y, como en todos los grupos, difícilmente se ponían de acuerdo. Como no tenían bastante con enfrentarse a sus vecinos celtas, griegos, cartagineses y romanos, también luchaban entre ellos.

Tenían la ventaja de ocupar un buen tramo de costa del Mediterráneo italiano (casi frente a Córcega) lo que les daba ventaja a la hora de comerciar con los barcos que llegaban.

Se ve que tenían vista para los negocios porque compraban y aprendieron a trabajar el estaño, el cobre, el acero y el ámbar (los adornos de ámbar triunfaron con las mujeres) y algo que todavía nos sorprende: ponían puentes en las muelas. Como eran de los pocos que sabían utilizar estos materiales, vendían mucho, trabajaban mucho y consiguieron ser de los mejores orfebres que había.

Un buen día decidieron que se iban a ir metiendo poco a poco en Roma. Se empleaban como dependientes y ayudantes, en cuando tenían dinero se establecían por su cuenta y traían a otros de empleados. Eran armeros, herreros, carpinteros… como siempre había guerras, guerrillas o escaramuzas, hacían falta escudos, armas y aperos (también para el campo).

Consiguieron hacer grandes fortunas y hábilmente las fueron gastando en propaganda para conseguir que uno de los suyos acabara siendo rey de Roma. Lo consiguió Tarquino Prisco que se mantuvo en el trono 38 años.

Este Tarquino era autoritario y muy guerrero. Yo pienso que con el buen ojo de negociante que tenía pensaría: hay que montar guerras, las guerras necesitan armas y mi gente sabe hacerlas. Si trabajan a todo ritmo, ganan dinero, están contentos y todos progresamos. Los patricios estaban hasta arriba de él, querían a un romano no a un extranjero, pero la gente que tenía trabajo, casa y comida lo apoyaba a muerte.

Había conseguido hacer de Roma una ciudad, ahora tenía calles bien trazadas, (hizo la Vía Sacra) una cloaca (la Máxima), casas dignas para todos, una plaza donde reunirse, etc.

Los patricios estaban hartos de él y se dedicaron a comentar: que si se había hecho un gran palacio, que si favorecía a los etruscos, que si tal que si cual; pero viendo que no había manera de echarlo, deciden asesinarlo. Lo hacen, pero la jugada les sale fatal porque hereda el trono su hijo ¡que tiene una madre! Tanaquila, Los patricios no contaban con la mujer de Tarquino, (que como buena etrusca sabía cómo funciona todo) y que se hace cargo del Imperio hasta que el niño, Servio, crezca.

Este Servio funcionó de manera distinta a su padre. Formó un reinado “ilustrado” frente a los senadores, incultos y algunos analfabetos. Lo odiaban, pero pasaba como con su padre, tenía a todo el pueblo detrás.

Con otra visión, lo que hizo, en vez de guerras, fue amurallar la ciudad, así todo el mundo tenía trabajo. Y para agradecerles su apoyo otorgó la ciudadanía a los hijos de los libertos. Más tantos a su favor.

Como no se fiaba del Senado llevaba siempre una guardia armada, así que convencieron a un sobrino (llamado también Tarquino) para que lo apuñalara. Lo que no se esperaban es que este Tarquino se sentó en el trono y además resultó un tirano. Le hicieron la vida imposible hasta que huyó a refugiarse en Etruria alegando que sus antepasados eran de allí.

Los etruscos eran un pueblo divertido y libre, les gustaban los toros (decoraban vasos para el otro mundo para seguir disfrutando con las corridas), jugaban al polo, hablaban poco de religión (hasta tal punto que hay quien dice que eran muy religiosos y otros que nada) pero sí lo hacían del infierno (como Dante que era etrusco). Como todas las religiones es más fácil sujetar al pueblo con miedo y temor o amenazas.

Roma se encargó de arrasar con todo lo que sonara a etrusco, pero antes ya les habían copiado muchas cosas, por ejemplo, los números (esos que conocemos como números romanos) con algunos pequeños cambios. Ellos pondrían 4 así IIII, mientras que los romanos lo harían así IV.

Debido a la destrucción que llevaron a cabo es difícil encontrar restos de sus ciudades, de sus adornos, de sus utensilios… Una pena porque pensando cómo eran y cómo vivían, hubiera valido la pena tener más cosas de ellos. El símbolo de Roma, la Loba Capitolina, es una escultura etrusca. “El báculo” como el que utilizan los Obispos, el “ojo” como el de los egipcios, la esvástica que adoptó Hitler, etc.

En la década del 2000, hace nada, se ha descubierto una tumba intacta del siglo IV a c y dentro de ella dos sarcófagos tallados, urnas funerarias y varias cosas más. Aún siguen con su estudio.

Como cosa curiosa contaré que Napoleón creó un “Reino de Etruria” en esa zona, que duró 6 años.

 

María Antonia Mantecón